Observatorio de la democracia

EDITORIAL

Juan Carlos Rodríguez Raga

Codirector Observatorio de la Democracia

Foto de Juan Carlos Rodríguez

A principios de 2004, en una cafetería de la Universidad de Pittsburgh (donde yo hacía mi doctorado), se me acercó el profesor Mitchell Seligson a preguntarme si conocía a alguien en Colombia que pudiera encargarse de analizar los datos de una encuesta. Así inició mi vinculación con el Proyecto de Opinión Pública de América Latina (LAPOP, por sus siglas en inglés), creado por Mitch.

Concretamente, desde ese año empezó a hacerse en Colombia el Barómetro de las Américas, el estudio emblema de LAPOP sobre las percepciones, creencias, actitudes y opiniones de los ciudadanos de todo el continente acerca de las instituciones políticas, la democracia, la situación económica y de seguridad, entre muchos otros temas que se tocan en nuestras encuestas. (Poco tiempo después de ese encuentro, el profesor Seligson pasó a la Universidad de Vanderbilt que hoy coordina este proyecto hemisférico desde Nashville, Tennessee.).

A principios de 2006 ingresé a la planta profesoral del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, y traje conmigo este proyecto alrededor del cual se creó el Observatorio de la Democracia, financiado por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés). Desde entonces, con la codirección del profesor Miguel García —quien se vinculó al proyecto hace más de una década— el Observatorio ha venido midiéndole el pulso al país en materia de opinión pública y comportamiento político.

En sus orígenes, el Observatorio era un pequeño grupo conformado apenas por una asistente graduada y quizás un par de estudiantes de pregrado con los que diseñábamos los cuestionarios y las muestras, entrenábamos a los encuestadores, supervisábamos el trabajo de campo, organizábamos y analizábamos los datos y producíamos unos informes anuales sobre la “cultura política de la democracia en Colombia”.

Durante el último lustro hemos conformado un equipo de más de quince personas que incluye a tres investigadores sénior, siete investigadores júnior, una directora administrativa y una directora de comunicaciones a la cabeza de un equipo encargado de la divulgación de los resultados en diversos formatos que incluyen documentos, videos, pódcasts, hipertextos y piezas de multimedia.

A los estudios nacionales del Barómetro de las Américas hemos sumado el diseño cada vez más sofisticado de muestras especiales que nos han permitido acercarnos a fenómenos y realidades que ocurren en lugares o entre grupos específicos de ciudadanos, incluyendo un estudio especial de la población afrocolombiana y varios análisis de las opiniones de los habitantes de municipios especialmente afectados por el conflicto o donde hoy día está escenificando el posconflicto.

En los más de veinte estudios de encuesta que hemos hecho desde 2004 —cuyos datos son de público acceso a través de nuestra página web—, hemos podido observar, por ejemplo, cómo han fluctuado los desasosiegos de los colombianos. Sobre el bajo continuo de las afugias económicas asociadas al desempleo y la pobreza, vimos cómo el lugar que ocupó durante más de diez años el conflicto armado como el principal problema del país fue llenado durante los últimos años por otras preocupaciones como la corrupción o, más recientemente, por asuntos relacionados con la salud y la pandemia de Covid-19.

Hemos podido constatar también la cada vez más aguda insatisfacción de los ciudadanos con el funcionamiento de la democracia en Colombia y la creciente desconfianza en las instituciones políticas, probablemente como una réplica del sismo producido por las profundas grietas que las élites políticas hendieron alrededor del Acuerdo de Paz con la extinta guerrilla de las FARC.

En todos estos estudios hemos aplicado el más alto rigor científico al diseño de instrumentos y muestras, al control de calidad de los datos y al análisis de la información resultante. Ese ethos lo hemos trasladado a las nuevas áreas de investigación de la opinión pública y el comportamiento político en las que ha incursionado el Observatorio en los últimos años.

Por una parte, conscientes de la necesidad de una mayor profundidad en la interpretación de ciertos resultados cuantitativos, creamos un área de análisis cualitativo que busca ahondar en la manera como los colombianos descifran fenómenos como la compleja relación de la ciudadanía con la fuerza pública, o las posibilidades y dificultades de la reconciliación en el posacuerdo, para mencionar sólo un par. En los últimos cuatro años el Observatorio ha llevado a cabo cerca de sesenta grupos focales en más de veinte municipios del país, y ha desarrollado un sofisticado marco analítico que se ve reflejado en un rico repositorio de datos cualitativos, también de público acceso.

Más recientemente, por otra parte, introdujimos un área de investigación de opinión pública en redes sociales. Mediante técnicas tales como el aprendizaje de máquina, el procesamiento de lenguaje natural y el análisis de redes, un equipo de investigadores y programadores extraen y analizan grandes cantidades de datos provenientes de Twitter y Facebook para tratar de describir y entender cómo se dan los debates políticos en el mundo digital.

Al examinar la historia del Observatorio de la Democracia, es inevitable sentir un orgullo profundo por lo que hemos logrado en estos más de quince años de trabajo. No sólo hemos acumulado un enorme acervo de información y hemos ampliado las perspectivas desde las que observamos las actitudes, creencias y percepciones de los ciudadanos, sino que nos convertimos en un punto focal de referencia en el análisis y comprensión de la opinión pública en el país.

Pero quizás mi mayor satisfacción surge, por un lado, al ver cómo el Observatorio ha sido una prolífica escuela de formación de investigadores en el área de comportamiento político y, por otro, al apreciar cómo la calidad humana de todas las personas que han pasado por el Observatorio durante estos años ha contribuido a crear un ambiente excepcional de colegialidad y afecto.