Columnas de opinión

Las nuevas formas de la discrepancia

Jorge Galindo

COLUMNISTA DE EL PAÍS (ESPAÑA) Y EXPERTO EN MANEJO DE DATOS

Quizás el rasgo más distintivo del sistema político colombiano es su tensión esencial: la democracia más antigua de América Latina, pero al mismo tiempo una de las más (si no la más) restrictiva. Hasta finales de los noventa, los dos partidos sobrevivientes del proceso de independencia hacían las veces de guardianes. Y cuando una veta se abría a través de ellos, particularmente dentro del Liberal, el lado menos democrático del sistema político se activaba para cerrarles el paso. La violencia (en una ocasión, denominada tal cual, con mayúscula a falta de un nombre mejor para el fenómeno de mediados del siglo pasado) ha sido empleada como muro defensor, y también como mecanismo de ataque. Y en esa paradoja se ha pasado la democracia colombiana dos siglos, hasta el punto de que podría argumentarse que si ha sobrevivido institucionalmente ha sido a base de desplazar buena parte de sus conflictos hacia las armas. Una democracia frankenstein. Un orangután con sacoleva, en la célebre analogía de Francisco Gutiérrez Sanín.

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Las nuevas formas de la discrepancia

Jorge Galindo

Quizás el rasgo más distintivo del sistema político colombiano es su tensión esencial: la democracia más antigua de América Latina, pero al mismo tiempo una de las más (si no la más) restrictiva. Hasta finales de los noventa, los dos partidos sobrevivientes del proceso de independencia hacían las veces de guardianes. Y cuando una veta se abría a través de ellos, particularmente dentro del Liberal, el lado menos democrático del sistema político se activaba para cerrarles el paso. La violencia (en una ocasión, denominada tal cual, con mayúscula a falta de un nombre mejor para el fenómeno de mediados del siglo pasado) ha sido empleada como muro defensor, y también como mecanismo de ataque. Y en esa paradoja se ha pasado la democracia colombiana dos siglos, hasta el punto de que podría argumentarse que si ha sobrevivido institucionalmente ha sido a base de desplazar buena parte de sus conflictos hacia las armas. Una democracia frankenstein. Un orangután con sacoleva, en la célebre analogía de Francisco Gutiérrez Sanín.

Desde el proceso constituyente de 1991, el equilibrio partidista se resquebraja poco a poco gracias a varios hitos de cambio. El primero, justo entonces, dando paso a nuevos actores por el centro y la izquierda del espectro. El segundo, una década después, con la candidatura triunfante de Álvaro Uribe a la presidencia. Ambos protagonizados por élites. De cuño y origen distinto a las que hasta ese momento habían manejado el restrictivo bipartidismo, lo cual implicaba una apertura de la enorme restricción del acceso a las instituciones colombianas, por izquierda y por derecha. Pero élites al fin.

El tercer hito desemboca en 2016, y es el que marca el presente. En el proceso de apertura de la democracia colombiana, la penúltima decisión es la clásica de la justicia transicional: ¿está el país dispuesto a permitir que entre en el juego institucional quien hasta hace poco empleaba la violencia para atacarlo, y para sobrevivir? El plebiscito de entonces, y los últimos datos recogidos por el Observatorio (apenas un 26 % estaría a favor de seguir permitiendo la participación política de excombatientes de las FARC) apuntan a una respuesta negativa. Nótese que esto no va necesariamente de convivencia privada (hasta un 78 % de la ciudadanía no tendría problema en tener a esa misma población como vecina, según este mismo estudio), sino de su dimensión esencialmente pública.

En paralelo, un espacio de centro-izquierda nacida del primer hito, el de 1991, va ganando fuerza. Los colombianos cómodos con la etiqueta (“izquierda”) llevan una década y media subiendo en el Barómetro de las Américas desde los registros mínimos de la época cumbre del uribismo, y también más dura del accionar violento de las FARC (2006). Al parecer, la desmovilización (así sea parcial) e incorporación (así sea rechazada) de la guerrilla comunista-campesina a las instituciones no ayuda a su candidatura, pero sí a otras nacidas en el espacio político vecino. Diluye el tabú. Es posible, incluso, que los esfuerzos desde el lado conservador de atar en un solo paquete a estos nuevos espacios a la izquierda con las FARC e incluso con una Internacional Castrochavista no hagan sino alimentar la lógica polarizadora también desde el lado contrario.

Esta nueva fase de apertura gradual de la democracia más vieja pero más restrictiva de América Latina tendría, bajo esta óptica, un aspecto de dos mitades: las que vimos en el plebiscito de 2016; las que también vimos en la segunda vuelta de las presidenciales de 2018; las que a veces se entrevén en datos del propio Barómetro cuando la opinión pública se parte en dos. El expresidente Uribe, el senador Gustavo Petro, la paz como un abstracto: todo ello son los vértices de un marco que se alimenta de lo que los politólogos llaman “polarización afectiva”. La que se produce sobre todo en torno a unos símbolos, más que unas políticas o una ideología.

Pero no es este el único prisma posible para observar la sociedad colombiana, ni para que ésta se observe a sí misma (objeto principal de una democracia, sobre todo si está en proceso de apertura). Cuando exploras los matices de aquellos grandes significantes (en qué consiste la paz, cómo de cerca está cada uno del uribismo, cuál es su preferencia entre centro e izquierda) los datos del propio Barómetro muestran una Colombia mucho más llena de grises, y de colores. Igual que cuando se baja a otras preguntas concretas sobre corrupción, desigualdades o valores. Entonces, el país se parece más al que se vio justo antes y en los resultados de la primera vuelta de las presidenciales de 2018: un espectro ideológico con vértices y aristas, con varias dimensiones del debate. En definitiva, una democracia con una vocación inclusiva, plural. Un paso más en el largo camino de apertura y reconsideración, que nunca tiene final por la propia lógica de la democracia de cuestionarse constantemente a sí misma. Y es que aún hoy, en mitad de una de las crisis más complejas y multidimensionales que ha conocido occidente, seis de cada diez personas en el país siguen pensando en 2020 que esta búsqueda inacabable de nuevas formas de discrepancia es la mejor manera de convivir.

Madurar

Mábel Lara

Periodista

Estamos listos. A sólo un año de las elecciones al Congreso de Colombia los candidatos presidenciales ya hacen fórmulas, suposiciones y encuentros con miras a las elecciones 2022.

Para los politólogos expertos lo que está en juego es la nueva Colombia. Después del proceso de paz con el aumento de los cultivos ilícitos, las fuerzas del orden de las disidencias y los pequeños clanes lo que ahora sí está en disputa es el poder nacional y el interrogante, ¿este país para dónde va?

La satisfacción de los colombianos con la democracia cayó a sus niveles más bajos en los últimos 17 años, según el último informe del Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes: ‘Colombia 2020, un país en medio de la pandemia’.
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Mábel Lara

Estamos listos. A sólo un año de las elecciones al Congreso de Colombia los candidatos presidenciales ya hacen fórmulas, suposiciones y encuentros con miras a las elecciones 2022.

Para los politólogos expertos lo que está en juego es la nueva Colombia. Después del proceso de paz con el aumento de los cultivos ilícitos, las fuerzas del orden de las disidencias y los pequeños clanes lo que ahora sí está en disputa es el poder nacional y el interrogante, ¿este país para dónde va?

La satisfacción de los colombianos con la democracia cayó a sus niveles más bajos en los últimos 17 años, según el último informe del Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes: ‘Colombia 2020, un país en medio de la pandemia’.

El 18% de los encuestados se mostró apenas satisfecho con la democracia en Colombia frente a los años anteriores en el que estuvieron los porcentajes entre el 29% y el 31,4%.

Estamos mamados, cansados, agotados y sin ganas de creer en nadie. La forma de hacer política nos agobia, y a quienes tenemos hijos nos genera dolor en el alma sin saber qué posibilidades de transformación tiene un país como el nuestro.

La pandemia ha dejado ver nuestros temores y hartazgo: La misma encuesta de los Andes identifica niveles bajos de confianza en las tres ramas del poder: ni el Presidente, ni el sistema de justicia ni el Congreso alcanza un porcentaje del 40%.

La política tradicional no convence y aquí es donde los populistas cazan adeptos. En terrenos similares Bolsonaro, Chávez, Trump o el mismísimo Viktor Orba encontraron la semilla para hacer germinar regímenes autocráticos que desgatan las libertades en épocas de elecciones.

Es momento de que las instituciones recuperen legitimidad, igual que los partidos. El cansancio debe sacarnos a escoger transformaciones sociales.

Colombia es un país adolescente que debe llegar a su madurez. No es posible que vecinos cercanos sigan avanzando en política social, infraestructura, economía sostenible y nosotros todavía debatiendo sobre conceptos del siglo pasado.

La encuesta de los Andes evidencia que somos otro país: a la pregunta de cuál es nuestro principal problema el 36,5 % de los encuestados respondió que la salud y que el conflicto armado y la corrupción son apenas unas inquietudes con el 8,6% y el 15,8% respectivamente.

El llamado de guerra de ‘Pilas con el 2022’ es un aviso del país que está a punto de parirse lejos del cansancio y la apatía. Suena muy cliché aquello de “su voto cuenta”.

Pero sin duda el parteaguas histórico nos tiene que llevar a pensar en cambiar, transformar o mutar a una nación madura. No podemos seguir viéndonos al ombligo mientras el mundo avanza y progresa, es tiempo exigir y pedir cambios de fondo.

 

*Esta columna fue publicada originalmente en El País de Cali, el 15 de marzo de 2021

Recuperar la calle

Lariza Pizano

Periodista y Analista política

Desde antes de la pandemia lo público ya venía maltrecho. Los elevados índices de radicalización política de uno de los extremos ya se habían reflejado en Colombia en una disminución del porcentaje de gente que cree que la democracia es el mejor régimen político. El odio infundado desde el plebiscito se sumó al desespero objetivo de no percibir futuro. Según el Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes, desde 2018 se vino a pique la satisfacción con la democracia. En el país, esta pasó del 29 % al 19 %.

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Recuperar la calle

Lariza Pizano

Desde antes de la pandemia lo público ya venía maltrecho. Los elevados índices de radicalización política de uno de los extremos ya se habían reflejado en Colombia en una disminución del porcentaje de gente que cree que la democracia es el mejor régimen político. El odio infundado desde el plebiscito se sumó al desespero objetivo de no percibir futuro. Según el Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes, desde 2018 se vino a pique la satisfacción con la democracia. En el país, esta pasó del 29 % al 19 %.

Al fenómeno universal de desplome de las preferencias democráticas se sumaron los eufemismos nacionales. Que le hablen a la gente de solidaridad sostenible cuando abunda la pobreza. Que se refieran a la paz con legalidad cuando una vez a la semana se mata a un excombatiente. Que confundan una explosión social con una simple suma de bloqueos. Toda una olla de presión que no se puede tramitar por Zoom.

Es en la calle donde los ciudadanos se encuentran, donde valoran las diferencias, donde hallan problemas comunes que requieren soluciones comunes. Porque a la gente la convocan las causas: arreglar un andén, oponerse a la tala, bajarles a las matrículas, mejorar la educación. De ahí la importancia de fortalecer el espacio público, el físico y el inmaterial. Tras esta pandemia, desde el urbanismo se deben recuperar los andenes, mejorar las calles, dotar los parques, hacer plazas que inviten a la participación social. No hay cacerolazo efectivo en Twitter.

“Cada vez hay más gente a la que la sociedad le importa poco”, ha dicho en una entrevista John Sudarsky, experto en capital social. Porque la institucionalidad no los cubre, no los convoca. Para que vuelva a hacerlo, la gente debe poder participar en las decisiones de su barrio, de su localidad, de su vida colectiva. Los procesos de ordenamiento territorial son una buena oportunidad para ello.

La belleza urbana también debe ser una invitación a deliberar. La ciudadanía se ejerce en los andenes, en los espacios para participar, construir, expresar. En el mundo digital se acumulan ausencias.

Como lo saben los urbanistas, es en la calle donde se encuentran los diferentes, se construye una confianza social —hoy deteriorada por la pobreza— y las invitaciones electorales para que la gente salga a votar. Espacios públicos embellecidos por el verde y abiertos a la participación pueden ayudar a reconstruir las expectativas de que los otros tendrán un comportamiento honesto. Porque las cifras de desconfianza son bárbaras: según encuestas realizadas por la Alcaldía de Bogotá y citadas por el Observatorio de la Democracia, mientras en marzo de 2020 cerca del 30 % de los habitantes de la ciudad confiaban en los otros, para el 10 de mayo de ese mismo año apenas el 12 % de los ciudadanos aseguraron confiar en los demás.

Cuando todo esto pase, embellecer la calle y recuperar lo público será una tarea fundamental.

*Esta columna fue publicada originalmente en El Espectador, el 13 de mayo de 2021

Paso a seguir

Ricardo Silva Romero

Escritor

No siempre, por no decir nunca, está uno de acuerdo con los resultados de los sondeos, pero me parece que tiene toda la razón la gente que –de acuerdo con las cifras reveladas por el Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes– piensa que la democracia es el mejor sistema de Gobierno que nos hemos inventado, y que está lejos, lejísimos, de cumplir con sus promesas. Cada vez se cree menos en las instituciones. Cada vez se cree menos en las tres ramas del poder. Cada vez se les teme más a los vigilantes de la sociedad: de los ejércitos a los medios. Y aun cuando sea posible verificar las transformaciones sociales de estos dos últimos siglos, pues ya no hay esclavos y ya no hay mujeres sin derechos y ya votamos todos y ya no hay impunidades a la hora de pronunciar frases por el estilo de “no hace falta educar al pueblo”, sigue haciendo falta mucho para que se igualen todas las suertes en este país.

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Paso a seguir

Ricardo Silva Romero

No siempre, por no decir nunca, está uno de acuerdo con los resultados de los sondeos, pero me parece que tiene toda la razón la gente que –de acuerdo con las cifras reveladas por el Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes– piensa que la democracia es el mejor sistema de Gobierno que nos hemos inventado, y que está lejos, lejísimos, de cumplir con sus promesas. Cada vez se cree menos en las instituciones. Cada vez se cree menos en las tres ramas del poder. Cada vez se les teme más a los vigilantes de la sociedad: de los ejércitos a los medios. Y aun cuando sea posible verificar las transformaciones sociales de estos dos últimos siglos, pues ya no hay esclavos y ya no hay mujeres sin derechos y ya votamos todos y ya no hay impunidades a la hora de pronunciar frases por el estilo de “no hace falta educar al pueblo”, sigue haciendo falta mucho para que se igualen todas las suertes en este país.

Según el estudio del Observatorio, seis de cada diez ciudadanos están de acuerdo en que la democracia es el mejor modo de procurar la convivencia –dígame cuál más: ¿el budismo?–, pero dos de aquellos se sienten insatisfechos con su marcha: porque el Estado colombiano es hostil, porque se han ensanchado las desigualdades, porque las brechas salariales no han terminado de cerrarse, porque las violencias se han recrudecido, porque los acuerdos de paz han sido sitiados, porque los embates del coronavirus no sólo han empobrecido a quienes estaban asomando la cabeza sino que han descrito una sociedad demasiado habituada a las jerarquías y a los uniformes, y porque, luego de años de reformas y de pedagogías y de marchas de protestas, sigue siendo mucho más difícil la vida en esta sociedad si uno es mujer o es negro o es homosexual.

Es tan infame e insólito como suena: nuestra democracia, católica, apostólica y romana, sigue pretendiendo prescindir no sólo de las voces y de las ideas y de las luchas de las minorías, no, sino de la mitad de la inteligencia y el talento y el coraje de esta sociedad. Nuestra democracia, como el Vaticano, sigue teniendo serios problemas para recibir a las mujeres, a la comunidad LGBTQ, a las culturas, a las razas. Y, como la Iglesia Católica, está en mora de reconocer las ideas justas y lógicas y democráticas del feminismo –por ejemplo– y está en mora de redoblar sus esfuerzos para que los reclamos dejen de serlo, si de verdad quiere seguir adelante, si de verdad no quiere ser testigo de su propio desmoronamiento, si de verdad no pretende caer en las manos de populistas reaccionarios como los Trumps o los Maduros o los Uribes.

Es un círculo vicioso: los políticos juegan a ser antipolíticos porque la gente dice desconfiar de los políticos; los líderes juegan a ser populistas y déspotas y mesías porque la gente se declara desilusionada del sistema de Gobierno que le parece menos malo. Hay una salida. Hay que dejarse liderar por aquellas y aquellos que día por día por día señalan las promesas incumplidas de la democracia: hay que ir, en la marcha de protesta, detrás de las consignas por los derechos reproductivos y contra la violencia machista y por la inclusión y contra el racismo y por la paridad ya y contra las medidas que acrecientan las desigualdades y por el matrimonio homosexual y contra las justicias tomadas por unos cuantos y por la paz, porque la victoria de esas causas –que en un primer momento podrían sonar ajenas– es la realización de la democracia.

Tal vez sea necesario subrayar la idea. No estoy diciendo que haya que darles voz a estas causas, no, ya por fin la tienen, ya por fin no hay que ser un blanco que habla por los negros ni un hombre que habla por las mujeres. Estoy diciendo que hay que ir detrás de estos nuevos liderazgos. Estoy hablando se sumarse a una coro que está pidiéndole a la democracia que lo sea.

El otro día, o sea hace un par de años, una señora me detuvo en la calle a preguntarme por qué estaban protestando las multitudes de una marcha que estaba pasando frente a nuestras narices. Yo le dije: “Por la paz”. Ella me respondió: “¡Bien!”. Y yo me quedé pensando lo que he estado tratando de articular en este texto: que las causas por los derechos de las mujeres y las minorías y los niños y los viejos son las causas de la democracia; que diez de diez creerán que la democracia es el mejor sistema de Gobierno, y ocho de diez sentirán que las cosas van por buen camino, si conseguimos organizarnos para igualar las suertes de los sexos y los géneros y las razas y las religiones y las culturas y las fortunas de este país que durante tanto tiempo convenció a sus gentes de que sólo se igualaban las suertes en el cielo.

Videocolumnas de amigos del Observatorio

Larry Sacks
Director de USAID en Colombia
Diana Rodríguez Franco
Secretaria Distrital de la Mujer de Bogotá
María Victoria Llorente
Directora Ejecutiva de la Fundación Ideas para la Paz
Ana Bejarano Ricaurte
Abogada y profesora de Derecho de la Universidad de los Andes